Dr. Orlando Morales Matamoros

Dr. O. Morales: Índice

Punto Final

Cuentos

Derechos Reservados (© Copyright) Dr. Orlando Morales Matamoros 1997-2008, omorales @ racsa.co.cr

 
  


 
 

 

 

 

Hasta ahora no me he dado cuenta, ¿qué estoy yo haciendo aquí? No sé por qué me he sentido atraído a visitar este inmenso edificio, del cual no recuerdo nunca haber oído hablar. Por dentro pareciera de mayor amplitud que por fuera: largos corredores que se pierden casi a la vista y a intervalos regulares, cortados en ángulo recto con el corredor interior que da a los inmóviles jardines; puertas más pequeñas que no por ello dan acceso a corredores menos largos y así repetido el conjunto, una y otra vez. Da la impresión de que, el que entra, nunca podrá salir, porque cada vez el laberinto se hace más intrincado y porque conforme se recorre, se va haciendo más pequeño. Eso es lo que yo pienso y de lo cual tengo una leve certeza, de manera que se llega un momento en que se puede avanzar hasta el límite determinado por las medidas propias del cuerpo, hasta quedar totalmente oprimido por las paredes.

Parecía un castillo encantado que junto al entorno de jardines, quedó estático al detenerse el tiempo. Por aquí y más allá vuelan las mariposas, la brisa agita las copas de los árboles y zarandea los macizos de flores y arbustillos, pero... no ríe la brisa; es el murmullo de las hojas, más que riza, sollozos.

Una sola cosa sorprende, la quietud, esa quietud cósmica, que de tanta soledad asombra y sobrecoge. El sol brilla, pero se siente frío. Abandono los jardines en que compiten por el espacio las flores con las fuentes, dejando apenas una angosta calzada, limpia de hojas y pedruscos, que conduce a una pesada puerta de metal, fría y reluciente. Empujo, más bien, apenas toco la puerta y cede con suavidad, sin ruido, pero con lentitud. Me recibe un vestíbulo iluminado y desierto, con plantas vivas, pero con una apariencia artificial que semeja cera o plástico. El olor a esencias florales trae un recuerdo de funerales.

Es posible que el Instituto de Genética y el de Gerontología, tengan algo que ver en todo esto, pues al fin y al cabo por algo será que ocupan el lado opuesto del edificio. Los laboratorios de investigación son de renombre mundial y uno de los más connotados logros ha sido explicar el mecanismo del envejecimiento, mejor dicho, estudiar hasta lograr una cabal comprensión del reloj biológico, que marca el nacimiento y la muerte terrenal. El triunfo de la ciencia, apenas si logró extender la escala del reloj de la vida de o a 100 años, en lugar de 0 a 90 como estaba fijado. Ese fue el triunfo, 10 años más para 10.000 millones de vivientes. ¿Vivientes? En total: cien mil millones de años artificialmente creados.

Pregunto a un guarda por el ciudadano 22-12-1941. Ese soy yo. Me dirige una mirada vacía... indiferente...fría, lo que me causa cierto disgusto. Oprime un botón y apenas se oye le zumbido de la computadora de la que sale una tarjeta llena de instrucciones y con un resumen sobre mi vida: lugar y fecha de nacimiento, nombre de mis padres, estado civil, profesión, etc. Las instrucciones dicen cubículo 19-41, sección 12, apartado 22M. Para nada me gusta esa fascies de máscara, sus miembros acartonados y esa voz gangosa, como de ultratumba que trata de ser amable. Y ese color de la piel; ¡pobre hombre!

Me encamino en la dirección que señalan las flechas en estricta correspondencia con las otras instrucciones de la tarjeta. El ruido de mis pasos se oye firme y con claridad al chocar mis pies contra el inmaculado piso que relumbra con la luz mortecina del atardecer. Hoy es el día de mi cumpleaños, 90 largos años. Lo sé, aunque he perdido la memoria, porque eso es lo que dice la tarjeta.

He caminado un buen trecho y tal como lo imaginé, hay múltiples subdivisiones internas que parecen no acabar, bifurcándose en cada recodo. Cuando me he sentido desfallecer llego por fin al lugar que indica la tarjeta; abro una cajita del tamaño de un apartado postal, y allí veo mi nombre y dos fechas. Empiezo ya a darme cuenta que los descubrimientos sobre la vejez y el mecanismo celular que lo determina son inmutables. No se me olvida la frase de uno de los científicos, que fue desterrado a inhóspitas tierras cuando dijo seriamente en momentos en que todo era algarabía y festejos: "No es exactamente que se haya prolongado la vida, sino más bien que se ha retrasado el momento de la muerte".

Eso explica el suave ronroneo de las bombas que hacen circular aire para mantener esa aquiescencia vegetativa de los que pasan cierta edad, pues por 10 años rendirán tributo a la ciencia antes de la desaparición terrenal. Alcanzo a ver a través de un límpido ventanal que, desde todos los puntos cardinales, otros siguen rutas que, convergentes al igual que la mía, con lentitud y en forma irreversible, se dirigen hacia la misma puerta.

Miro angustiado mi tarjeta y un escalofrío recorre mi cuerpo al cotejar los números con los de un apartado de esta gran central funeral del Universo. La primera ha de ser la fecha de nacimiento y la segunda, que coincide con el apartado, 22-12-2031 ha de ser la fecha de mis noventa años.

Rápidamente, un sol dorado se apaga y se sumerge tras un horizonte negro.

 

---- FIN ----

 

 

 

 

 

 

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