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Hasta ahora no me he dado cuenta, ¿qué
estoy yo haciendo aquí? No sé por qué me he sentido atraído a
visitar este inmenso edificio, del cual no recuerdo nunca haber
oído hablar. Por dentro pareciera de mayor amplitud que por
fuera: largos corredores que se pierden casi a la vista y a
intervalos regulares, cortados en ángulo recto con el corredor
interior que da a los inmóviles jardines; puertas más pequeñas
que no por ello dan acceso a corredores menos largos y así
repetido el conjunto, una y otra vez. Da la impresión de que, el
que entra, nunca podrá salir, porque cada vez el laberinto se
hace más intrincado y porque conforme se recorre, se va haciendo
más pequeño. Eso es lo que yo pienso y de lo cual tengo una
leve certeza, de manera que se llega un momento en que se puede
avanzar hasta el límite determinado por las medidas propias del
cuerpo, hasta quedar totalmente oprimido por las paredes.
Parecía un castillo
encantado que junto al entorno de jardines, quedó estático al
detenerse el tiempo. Por aquí y más allá vuelan las mariposas,
la brisa agita las copas de los árboles y zarandea los macizos
de flores y arbustillos, pero... no ríe la brisa; es el murmullo
de las hojas, más que riza, sollozos.
Una sola cosa sorprende,
la quietud, esa quietud cósmica, que de tanta soledad asombra y
sobrecoge. El sol brilla, pero se siente frío. Abandono los
jardines en que compiten por el espacio las flores con las
fuentes, dejando apenas una angosta calzada, limpia de hojas y
pedruscos, que conduce a una pesada puerta de metal, fría y
reluciente. Empujo, más bien, apenas toco la puerta y cede con
suavidad, sin ruido, pero con lentitud. Me recibe un vestíbulo
iluminado y desierto, con plantas vivas, pero con una apariencia
artificial que semeja cera o plástico. El olor a esencias
florales trae un recuerdo de funerales.
Es posible que el
Instituto de Genética y el de Gerontología, tengan algo que ver
en todo esto, pues al fin y al cabo por algo será que ocupan el
lado opuesto del edificio. Los laboratorios de investigación son
de renombre mundial y uno de los más connotados logros ha sido
explicar el mecanismo del envejecimiento, mejor dicho, estudiar
hasta lograr una cabal comprensión del reloj biológico, que
marca el nacimiento y la muerte terrenal. El triunfo de la
ciencia, apenas si logró extender la escala del reloj de la vida
de o a 100 años, en lugar de 0 a 90 como estaba fijado. Ese fue
el triunfo, 10 años más para 10.000 millones de vivientes.
¿Vivientes? En total: cien mil millones de años artificialmente
creados.
Pregunto a un guarda por
el ciudadano 22-12-1941. Ese soy yo. Me dirige una mirada
vacía... indiferente...fría, lo que me causa cierto disgusto.
Oprime un botón y apenas se oye le zumbido de la computadora de
la que sale una tarjeta llena de instrucciones y con un resumen
sobre mi vida: lugar y fecha de nacimiento, nombre de mis padres,
estado civil, profesión, etc. Las instrucciones dicen cubículo
19-41, sección 12, apartado 22M. Para nada me gusta esa fascies
de máscara, sus miembros acartonados y esa voz gangosa, como de
ultratumba que trata de ser amable. Y ese color de la piel;
¡pobre hombre!
Me encamino en la
dirección que señalan las flechas en estricta correspondencia
con las otras instrucciones de la tarjeta. El ruido de mis pasos
se oye firme y con claridad al chocar mis pies contra el
inmaculado piso que relumbra con la luz mortecina del atardecer.
Hoy es el día de mi cumpleaños, 90 largos años. Lo sé, aunque
he perdido la memoria, porque eso es lo que dice la tarjeta.
He caminado un buen
trecho y tal como lo imaginé, hay múltiples subdivisiones
internas que parecen no acabar, bifurcándose en cada recodo.
Cuando me he sentido desfallecer llego por fin al lugar que
indica la tarjeta; abro una cajita del tamaño de un apartado
postal, y allí veo mi nombre y dos fechas. Empiezo ya a darme
cuenta que los descubrimientos sobre la vejez y el mecanismo
celular que lo determina son inmutables. No se me olvida la frase
de uno de los científicos, que fue desterrado a inhóspitas
tierras cuando dijo seriamente en momentos en que todo era
algarabía y festejos: "No es exactamente que se haya
prolongado la vida, sino más bien que se ha retrasado el momento
de la muerte".
Eso explica el suave
ronroneo de las bombas que hacen circular aire para mantener esa
aquiescencia vegetativa de los que pasan cierta edad, pues por 10
años rendirán tributo a la ciencia antes de la desaparición
terrenal. Alcanzo a ver a través de un límpido ventanal que,
desde todos los puntos cardinales, otros siguen rutas que,
convergentes al igual que la mía, con lentitud y en forma
irreversible, se dirigen hacia la misma puerta.
Miro angustiado mi
tarjeta y un escalofrío recorre mi cuerpo al cotejar los
números con los de un apartado de esta gran central funeral del
Universo. La primera ha de ser la fecha de nacimiento y la
segunda, que coincide con el apartado, 22-12-2031 ha de ser la
fecha de mis noventa años.
Rápidamente, un sol
dorado se apaga y se sumerge tras un horizonte negro.
---- FIN ----
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