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La nada.
¡De pronto, parece que
todos los alrededores se iluminan... pero, es una ilusión! La
música es suave, la luz no es clara y siento que sus rayos
conducen mi cuerpo flácido en forma rápida e irreversible hacia
la oscuridad del más allá. Me envuelvo en un denso sopor y ya
no puedo hilar coherentemente mis pensamientos.
Las palpitaciones que
tamborileaban en el interior de mi pecho han cesado. Posiblemente
estoy más cerca del final de lo que creo, o me estoy durmiendo.
Cualquiera de las dos cosas me reconfortaría: sólo quiero saber
si estoy vivo o muerto. ¿Cual será mi destino?
Me recupero de un primer
mareo que me ha bamboleado como borracho. No he podido mantener
conscientemente la respiración y he tenido que tragar entre uno
y muchos desagradables buchados de agua salobre. Lo cierto es que
no puedo precisar con seguridad cuántos de ellos. ¡Vaya por
Dios, qué me pasa!
El dolor de cintura en la
recolección de arroz es apenas comparable al que ahora me ataca.
Si... interminables surcos de arroz para nutrir el gran estómago
de la ciudad, siempre vacío, listo a apropiarse del producto de
mi esfuerzo y de mi sudor.
Allá en lo alto, debe
continuar estática la montaña, ajena a lo que a mí me pasa. A
esta hora todo debe ser quietud desde los montes donde tantas
veces miré emocionado la reverberante agua plateada del golfo, y
el caleidoscopio de intensos colores, de la puesta del sol.
Es curioso... venir a
caer yo a este lugar, tan cerca de donde nací y donde recuerdos
de mi niñez tan vívidamente se apiñan. Los algodonales
interminables, como un velo blanco cubren la tez oscura de la
tierra; el ganado que lento pastorea entre el jaragua y los
pajonales, todo me es familiar: allí aprendí paso a paso como
el trabajo duro y el esfuerzo transforman niños en hombres.
¿Cuanto tiempo habrá
pasado? ¿Minutos o tan sólo unos pocos segundos? Pero,
atropellan en mi mente, en tan rápida sucesión, tantos y tan
desordenados hechos, que me han confundido.
No he podido averiguar
siquiera si permanezco con ojos cerrados o abiertos; aunque
tengo, eso sí, la certeza de que veo, aunque borrosamente, por
algunos destellos que a intervalos irregulares atraviesan la
oscuridad del agua. Al menos no estoy ciego. La angustia inicial
de no poder mover mis miembros ni sentir mi cuerpo, más bien me
causa bienestar en este momento.
No oigo ya el forcejeo
desesperado ni el chapoteo infernal de hace un rato. Parece
cierto que, luego de la tempestad aparece la calma; pero, esta si
es de verdad una calma tan inmensa y silenciosa que uno se siente
angustiosamente solo del puro temor a la soledad.
Bueno, mientras tanto
haré planes futuros, al fin y al cabo a eso he venido. Puede que
sea grande o pequeña, rubia o morena, podría ser hasta algo
bobita, pero no tanto; al fin y al cabo sería la madre de mis
hijos. ¡Qué estupidez! Pasa el tiempo y me encuentro pensando
en la tontería de cómo sería la dulce compañera de toda mi
vida, cuando debiera luchar por escapar. Pero, ¿cómo hacerlo?
No he intentado de nuevo mover los brazos y piernas por el temor,
ya que si no alcanzo a activarlos fuertemente, seré hombre
muerto, tal como estoy hasta el momento.
Todavía no he pensado en
que voy a morir, pero llega a mi mente la triste melodía que mis
tiempos de colegial cantábamos con mucho entusiasmo aunque poco
acompasados: "en el fondo del mar, estarás tal vez
esperándome, y yo en las aguas tibias de un triste mar", o
algo así por el estilo. Bueno, ¿pero que hago yo en el fondo
del estero y quien puede estar aquí esperándome cuando lo que
ando buscando es a la mujer de mis sueños en tierra firme?
El problema siguiente es
cómo liberarme. Tengo 35 años recién cumplidos, pero todavía
no bien vividos, porque hasta el momento no he hecho más que
trabajar y trabajar para medio vivir, y últimamente trabajar y
estudiar con tesón. Venía rumbo al puerto en busca de paz, a
tratar de extender mi vista hasta perder la línea del horizonte
en el límite en que el cielo y mar se diluyen, a pensar con
calma sobre cómo planear mi vida ahora que, graduado y con un
buen nombramiento, me espera un futuro promisorio. Puede ser que
haya transcurrido un minuto, tal vez menos, o tal vez más, pero
al menos ese agitar desesperado de piernas y brazos que me hizo
sentir como pisoteado contra el suelo, en medio de una estampida
de reses y todo ese barullo, que hace rato se acabó.
Tal vez tenga sólo unos
segundos de vida y muy poco tiempo para escapar. He leído que
sólo se puede vivir tres minutos sin respirar, tres semanas sin
agua, poco menos de tres meses sin comer y tres años sin un
nuevo amor. Esas leyes son naturales y por lo tanto inviolables.
Hago un breve recuento de mis haberes: ningún hogar, un hijo
todavía no reconocido, una carrera que promete, unos pocos
amigos, y una deuda pequeña, afortunadamente. Interrumpe mis
pensamientos el sabor amargo del amor no declarado, de ese amor
platónico y doloroso, al saber que la casta niña de mis
ilusiones era la hembra ardiente de otros hombres.
Barranca era entonces un
pueblucho arrimado a la estación del ferrocarril. En las noches
tormentosas en pleno invierno, me veo en la cantina "El
Pochote", sentado sobre unos sacos de arroz, esperando el
bus de pasajeros, lleno de humedad y lodo. Al frente, el mugir
continuo del ganado que espera en los corrales el momento del
transporte y más tarde el cuchillo de matarife. ¡Ha pasado
tanto tiempo!
El agua fría y viscosa
me causa repugnancia y miedo. ¿Cómo podré liberarme si estoy
prisionero aunque sin amarras, pero totalmente inmovilizado? Sin
embargo, he luchado con todas mis fuerzas inútilmente para
alejarme de este sitio inhóspito. He visto la ventana abierta,
pero en forma incomprensible es invisible a los otros, y aunque
he tratado con todas mis fuerzas, no he logrado mover ni mis
brazos ni mis piernas, por lo que soy un simple espectador, que
angustiado piensa en su destino que por momentos se acorta.
No logro mover mis
extremidades; los brazos no obedecen a los mensajes de mi mente y
las piernas tampoco. Siento mi cuerpo, pero no puedo moverlo. Es
como una pesadilla en que uno lograra desdoblarse y el espíritu
mirar indiferente las vicisitudes de propio cuerpo que vanamente
lucha. Alcanzo a ver cuerpos borrosos que como fantasmas pasan
movidos por la corriente; oigo acompasados los tumbos de las
olas.
Hay una agitación
desesperada, algo así como sería colocar en un estrecho
recipiente una gran cantidad de animales venenosos: todos
moviéndose, todos luchando por su supervivencia. En mi caso,
presionado el tórax contra un costado, mediante un asiento que
me comprime, me he ahorrado todo el inútil trabajo por escapar,
poniéndome, muy a mi pesar, más bien en la posición de un
desesperado observador que no puede siquiera manifestar su
angustia.
Se estremece toda la
estructura y entre alaridos desgarradores de la gente que grita,
se oye un ruido como la deglución de un gigante que traga, al
producirse enormes burbujas que salen del autobús. El bus, con
medio centenar de pasajeros, conducido por Cristóbal Concha,
abre un surco en la orilla de la carretera, y lento y pesado, cae
en la boca inmensa del estero.
Se rizan las aguas del
estero con el peine eólico del vecino mar, algunos veleros se
bambolean al ritmo de las olas, se oye el graznido de las
gaviotas; todo es paz como un día cualquiera. Colgado del sin
fin azul, sin mácula de nubes ese día veraniego, el sol ilumina
indiferente el sitio de la tragedia.
---- FIN ----
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