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La función lactogénica de los senos
femeninos, además de su interés científico, ha sido descrita
en formas muy variadas en la literatura, y en general en las
artes. No hay tal vez cuadro más puro que el de la Virgen, que
sobre su manto expone el tibio, aterciopelado y turgente pecho
del que se prende ansioso un niño regordete. Esta imagen sacra,
en su visión natural, era frecuente hasta hace algunos años en
este medio, en que una madre campesina que carga a su niño, al
exigir éste con puntualidad burocrática la hora de su
alimentación, calma su grito al ponerle la madre el pezón en la
boca.
Esta es la forma natural
en que el recién nacido recibe el alimento materno, actividad
que se prolonga por varios meses, pero que raramente se extiende
después de cumplido un año. Aunque uno esté acostumbrado a
pensar que la función nutricia de los pechos femeninos se
restringe a alimentar a la cría, la antropología y la
literatura han descrito muchas formas en que la acción
lactogénica ha servido para alimento de hombres, animales o como
tratamiento estético.
Resulta repulsivo a
primera vista, tan sólo pensar en la imagen de un cerdillo
pegado a un pezón humano, pero en algunas antiguas cultura, la
sobrevivencia de un cerdo puede ser más importante que el
desarrollo de un niño. Sería largo de enumerar las causa, pero
dentro de cierto contexto tribal, a menudo por razones rituales,
el marrano fácilmente puede ganarle la partida al humano.
Por otro lado, la hembra,
en cuanto a su satisfacción de vaciar el pecho y sentir la
rítmica estimulación táctil, le da igual suínido que humano,
aunque el destino del marrano sea morir degollado posteriormente,
en la orgía de la fiesta de la reproducción.
Resulta claro que esta
función no tiene nada de heroísmo, pues quien amamanta a un
cerdo, sabe que cumple una obligación importante, y por otro
lado, su esfuerzo le será reconocido con creces. ¡Si hay paga
no hay gloria! Es entonces tan sólo la realización de una
función láctica con enfoque zoofílico. Se han referido
también los casos en que una madre lactante ofrece su leche
tibia y vivificante para reanimar, aunque sea temporalmente, a su
padre o a su madre enferma. Esta sería una función nutricia de
carácter humanitario.
Dentro de ciertos ritos
orientales, el harén se justificaba -noción poco divulgada-
para producir la leche, usada en el baño de la preferida.
Resulta difícil imaginarse el dudoso gusto del sultán por el
olor de la leche agria o el abrazo rancio de su enamorada. Aunque
este asunto es colateral, podría suponerse que el perfume
intenso de otras esencias, fuera prepotente sobre la leche
descompuesta. De cualquier manera, era lo cierto que las mujeres
danzaban alrededor de la tina de la preferida, sobre brillantes
azulejos, en un rítmico apretar de senos de los que salían
surtidores blancos que se escondían en la cabellera negra de la
amada.
La propagación del
género humano se debe no tanto a los úteros ávidos del riego
seminal, ni al buen desarrollo de la glándulas mamarias, sino a
aquellas hembras que instintivamente, y para dicha de la
humanidad, complementan el placer sexual con la lactación y
crianza de los niños. Es posible que esta sea una desviación de
la función natural, al igual que las madres que por temor a
perder el encanto juvenil de sus senos, dejan que la fuente se
seque, en vez de que mane libre y beneficiosamente en la boca de
sus hijos. En estos dos casos últimamente citados, hay un mal
uso de la función lactogénica, uno por desperdicio o exceso y
en último caso, por omisión.
Todavía no he catalogado
el caso que me han contado de un preso político, quien a pesar
de la criminal muerte por hambre a que se le había condenado,
ávido succionaba los pechos de su esposa por más de un año,
hasta que las fuerzas de liberación lo pusieron fuera de la
cárcel.
Pero el asunto no es tan
fácil, tal como ustedes lo comprenderán enseguida. En primer
lugar, para que se produzca leche se necesita haber parido
recientemente un hijo; en un segundo término, se necesitó de
haber tenido un embarazo y tercero, se requiere un macho que
fecunde. Aunque a decir verdad, abundan hombres de fácil
inducción a la aventura pasajera, y sería relativamente
sencillo arrojar la semilla en el fértil terreno interior de una
genitalia joven, eso no lo es todo. Eso resolvería el problema
de la producción y el acopio del alimento, pero no aseguraba la
entrada de los elementos calóricos proteicos al presidio ni que
llegaran a la boca del preso. Aunque a disgusto, lo más probable
fue que ocurriera la conquista del guarda de la celda, pues unos
pocos fingidos minutos con el uniformado varias veces a la
semana, aumentaría el número de veces que el amado recibiría
el jugoso y fortalecedor extracto de su cuerpo.
Por eso, el desenlace
final de esta situación me tiene desconcertado y aunque me ha
parecido difícil la decisión del jurado, bien ha hecho el juez
en señalar que estaba mentalmente perturbado y que, en vez de
encarcelársele se le debería enviar a un Hospital
Psiquiátrico.
Vistas las cosas con
cierta suspicacia, ¿por qué no imaginarse que ella pudiera
haber abierto una puerta de su corazón al carcelero? En efecto,
el argumento de unas pocas entregas no sólo parecería
justificado y sería un acto de heroísmo, pero la entrega diaria
de su cuerpo a cambio de una visita al preso, no sería
sacrificio sino perversión.
Y es que en un momento de
ira, todo se va al diablo, aunque en estos tiempos
postrevolucionarios en que el recuento de los muertos no acaba,
¿a quien ha de importarle o tan siquiera llamarle la atención
un triple homicidio y mucho menos escudriñar en las razones que
le llevaron a ello?
---- FIN ----
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