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¡Excelente muchacho! Eso era lo que toda la
gente que lo conoció acostumbraba decir. Brillante como
estudiante, talvez un poquito tímido, de muy buenas maneras y de
amable trato. Cuerpo de constitución atlética, sonrisa franca y
una mirada inquisitiva a pesar de la suave luz que irradiaban sus
ojos; casi que sobra decir que era un candidato ideal para
ingresar a la Universidad. Con sólo seguir la tendencia
espontánea de la naturaleza, aprobó con sobrado puntaje los
exámenes de admisión, y de un momento a otro, se encontró en
el lugar que pertenece a la gente inteligente y con ambiciones
intelectuales.
Lo que más le
impresionó fue la gran biblioteca. ¡Dios Santo, qué
gigantesca, increíble e inconmensurable cantidad de libros,
revistas en todos los idiomas del mundo, mapas, películas,
casete, todos invitando a la lectura en seis apretaditos pisos
con un silencioso rumor de cerebros latentes!
El entusiasmo vivo y la
emoción de los primeros días fue diluyéndose: simplemente no
podía con todo aquello. Era superior a las fuerzas de su cuerpo
y al poder de su cerebro. En esa inestable situación, se dio
cuenta que ese no era su lugar cuando vio que la mitad de la
estantería por la que apenas empezaba, fue removida para dar
campo a un nuevo cargamento de libros.
Ese fue su primer error.
Inmerso en la silenciosa biblioteca consumió mucho tiempo
tratando de guardar en su computadorizado cerebro todo el
conocimiento que la humanidad ha dado para regocijo y felicidad
de los hombres: todo el esfuerzo de siglos comprimido en
toneladas de papel. Pero se volvió, no una fuente de ningún
disfrute, sino más bien una dolorosa experiencia diaria. Así,
en vez de dirigir su mente hacia las aguas tranquilas de la
sabiduría, entró en un mar picado con corrientes encontradas y
mar de fondo. A pesar de la pelea bravía, el timonel no pudo
sortear la fuerza de la tormenta. Una vez, bajando por el
ascensor, sintió la dramática sensación, en cuestión de
segundos, de ser impulsado hacia abajo, en forma irremisible
hacia las mismísimas, frías y rocosas entrañas de la madre
tierra, y sudoroso, dando gritos como un desesperado, la puerta
del ascensor se abrió en la planta principal.
La siguiente decisión
fue probar las cosas, pero al revés. Así, se convirtió en un
hippie, y empezó a recorrer calles con rifle de madera, al
extremo de cuyo cañón pendían flores secas. El amor barato y
fácil fue otra válvula de escape; pero, ¿ha tratado usted
alguna vez de besar a alguien que ni siquiera conoce, por varias
horas y hacer el amor aunque no desee, pero por la mera costumbre
de hacerlo? Desagradable, ¿no? Aunque la necesidad sexual estuvo
totalmente satisfecha, esa vida de hacer nada, no le ayudó mucho
a superar sus problemas. Por tanto, el estribillo de hacer el
amor en vez de la guerra, no tenía ningún sentido en su caso.
Luego, probablemente se
preguntó: ¿qué estoy haciendo yo aquí, tratando de ser parte
de la acción, aunque internamente siento que en vez de lograr
algún entendimiento, más bien a cada instante siento que me
alejo? Las drogas tampoco fueron la solución y aunque se
sintiera transportado a los siete cielos o viajara montado en
esferas etéreas, musicales y coloreadas, eso no llenó su vacío
vital.
¡Destino sin sentido,
vacío y solitario en la multitud! Entre más trataba de
integrarse al mundo real, más se alejaba de él. Pero, ¿qué
más podía hacer un guapo y atractivo macho en sus tempraneros
veinte, sino preñar mujeres? Cansado, a él llegaron oportunas
las prédicas del Yogui Bramaputra y pronto se unió al maestro.
Después de varios años de meditación profunda, llegó a la
conclusión de que en la búsqueda de la identidad en este mundo,
el hombre puede caer en una inmóvil estupidez. Dijo adiós al
venerable maestro de pelo largo y túnica y le dejó tumbado y
sangrante de una tremenda trompada en la nariz. Pero el yogui,
distante años luz de esta tierra, ni siquiera se enteró del
suceso, quedando como una especie de Cristo de segunda mano en su
intranscendental y estéril meditación.
Ahí estaba el eslabón
perdido que él nunca pudo encontrar: el hombre es un perdedor
nato y por más que trate, nunca alcanzará sus propósitos. Ud.
lo ve, aunque el mundo continúa girando a un ritmo constante por
los siglos de los siglos la sociedad cambia a cada paso, y en
cada minuto el hombre queda atrás.
Corredores locos se
espantan hacia todos lados, como mariposas veraniegas por el
parque; de sur a norte y del naciente al poniente. Era uno más
del montón. Si el fin del mundo habrá de venir, debo correr de
prisa, la muerte del hombre está en la inacción. ¡Corre,
hermano, corre con todas tus fuerzas, que por más que trates
jamás alcanzarás escapar del paso del tiempo! ¡No hay escape,
compañero! Nunca llegó a cansarse, aunque siempre estaba en
movimiento, porque según decía, el cuerpo siempre debe estar
activo y correr tanto como pueda, para conocer el mundo mientras
haya tiempo. Todo rápido: una mirada ligera a las flores, no
detenerse mucho en el milagro de la germinación ni extasiarse en
la puerta del sol; tampoco reparar en la lluvia que cae ni en el
milagro de cada día que nace. De pronto, pensó que debía
modificar lo que había estado haciendo, pues el asunto no era
exactamente correr por caminos preestablecidos llenos de recodos,
sino hacerlo en línea recta: no en vano desde hace bastantes
centurias se descubrió que la línea recta era la menor
distancia entre dos puntos.
Una bella tarde, en el
mismo momento en que la luz del día se extingue, pero no es de
noche aún, en la hora en que los celajes cubren el océano con
penachos de colores, cuando el cuerpo cansado y la mente
satisfecha de las actividades del día se disponen al reposo, él
estaba todavía corriendo; corriendo en línea recta, sin saber
hacia adonde, pero con mucho afán, con toda la energía de su
cuerpo, porque a ninguna parte había que llegar lo antes
posible. Desapercibido de la belleza de la naturaleza de los
alrededores y de la ilusión de que luego de una noche oscura
siempre saldrá el sol, y no pudiendo describir una curva para
salvar un peligro, su cuerpo describió una parábola sobre el
barranco y simultáneamente con el sol, se hundió en el abismo y
fue por un insignificante momento un punto apenas perceptible que
cruzó la inmensa, fría y sobrecogedora soledad del firmamento.
---- FIN ----
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