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Preparándose para la semana que la
propaganda de televisión llamó "Encuentro con el
Pasado", José María y María José, se aprovisionaron de
comida para no interrumpir la programación con una salida
inoportuna. Esta era una actividad, como parte de los festejos
del año internacional de la ancianidad.
Al abrir el ventanal,
encontraron que en vez de luz, había una pared de concreto
recién chorreada. La vía de salida también había sido
bloqueada, y el par de viejos sólo pensó en abrazarse
fuertemente incapaces de decidir que hacer, excepto rezar.
Hacía varios años que
se habían pensionado y por un tiempo mantuvieron un precario
equilibrio entre sus pocos quehaceres y alguna labor de bien
social, por cierto que últimamente reducida a cero.
Afortunadamente, la
respiración no era laboriosa y por lo tanto se concluía que por
alguna parte debía entrar el aire, al menos suficientemente para
sus limitadas necesidades. Por lo tanto, eso no era problema. En
cuanto a la comida, tampoco, pues racionadas las provisiones,
durarían fácilmente varias semanas. La programación del
recuerdo continuó, aunque los viejecitos ya no la disfrutaron
más. Alguien podría buscarles y venir en su ayuda, pero sus
hijos ya crecidos, habían ido dejando uno a uno la casa paterna,
casi ahogada por un monstruo de hierro y concreto. La ciudad
había cambiado rápidamente, a mayor velocidad que la capacidad
de adaptación de los ancianos. Es más, por esos enredos de
herencia y papeleos legales, nadie se dio cuenta de que habían
vendido hasta el pequeño y céntrico apartamento de los viejos,
en la parte antigua de la ciudad.
En esas condiciones,
aunque es evocador mirar al pasado, la urgencia del momento era
la negra visión del futuro: estaban realmente encerrados en una
caja de concreto. Fue sorprendente que a pesar del ruido de
tractores y camiones, la hipoacusia senil les impidió advertir
el peligro. No podían llamar por teléfono ya que no lo
poseían. Todo esto, sin embargo, era tolerable mientras no
faltó la energía eléctrica; pero, a los días se vieron a
oscuras, sin televisión, ni radio; enterrados en vida. Del tubo
de agua, sólo salió aire poco después, dejándoles sumidos en
total indefensión y casi al borde de la muerte, encerrados en
esa tumba fría, confiados en que el cuerpo flaqueara y cediera
el corazón, para lograr el escape del espíritu de la cárcel
del progreso.
¿Quien podría
rescatarlos? Sus familiares estaban lejos y dispersos, y aquellos
más cercanos los tenían en el olvido; porque los viejos sólo
dan trabajo, son quejumbrosos, se vuelven aburridos, majaderos y
no terminan con el cuento reiterativo de que todo pasado fue
mejor.
El sitio se volvió
caliente y húmedo, pues al parecer limitaba con la cocina de un
hotel vecino ya que a ratos se filtraba un olor a comida. A como
pudieron, marido y mujer, trabajando en equipo, empezaron a
arañar con utensilios de cocina la pared hasta ir logrando
cierto progreso, pero insuficiente para abrir un boquete al
exterior. A veces, el par de viejos, luego de semanas de trabajo,
topaban con una columna reforzada con hierro y allí terminaban
los pocos arrestos al consumir sus débiles fuerzas un fútil
esfuerzo. La fase I había sido de aparente indiferencia: alguien
vendrá al rescate; la fase II fue: vivamos con nuestras
reservas; la fase III tuvo como característica: luchemos por la
vida. En plena fase III y cuando habían agotado las provisiones,
lograron dar con una providencial rendija que comunicaba al tubo
por el cual pasaban desechos de cocina. Al principio con
disgusto, pero luego animalizados por el hambre, se alimentaban
de desperdicios líquidos.
El asunto de la
alimentación aparentemente sencillo no lo era tanto. En primer
lugar no siempre había alimento, a veces era principalmente
jabón y también había que seleccionar bien lo que se comía,
en el sentido de escoger por ejemplo un caldo de carne o un resto
de macarrones en vez de una mezcla de ellos.
Con el correr de los
años, el aprovechamiento de los desechos líquidos que se
escapaban de la basura de la cocina los mantuvo vivos, hasta que
un una remodelación del hotel, demolieron esa parte y para
sorpresa de todos, se encontraron con dos humanoides olvidados
del mundo, desnudos, blancuzcos y con apariencia de animales,
ciegos y dando chillidos por el azote de la luz, cubiertos de
moho, malolientes y desdentados.
Sin embargo, lo más
desagradable de todo fue la noticia del diario amarillista de la
tarde: seres prehistóricos del tiempo de las cavernas aparecen
en la excavación del hotel El Edén. Serán recluidos en el
Jardín Zoológico de Santa Ana.
---- FIN ----
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