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El costo de la vida seguía en ascenso, pero
la pensión seguía fija, lo cual era algo así como una carrera
entre la liebre y la tortuga, pero en este caso tratábase de una
liebre veloz y llena de vitalidad y de una tortuga anciana y
agobiada de ilusiones insatisfechas.
Sin lugar a dudas el
principal problema era la alimentación y cosa curiosa, cuanto
aparato innecesario había, se conseguía barato: radios grandes
y pequeños con forma de frutas o verduras; televisores planos,
redondos, cuadrados o de colgar del cielo raso para ver programas
reposando en la cama; teléfonos en el baño (de forma obscena),
en la biblioteca semejando libros, también en el garaje y al pie
de la escalera. La computadora casera llevaba cuenta de todo: de
los cumpleaños (a los que no asistían por falta de dinero para
los obsequios); de los recibos sin cancelar; de la lista de
nietos que ya casi ni conocían ni le visitaban; del número de
días que han pasado sin que pase nada especial.
Lo único que el bendito
aparato no tenía programado era la lista de los alimentos más
nutritivos y ricos en energía, pues más bien tenía incluído
en la memoria el menú hipocrático del mes, los alimentos pobres
en grasa y más pobres aún en carbohidratos. Cuando lo que se
necesitaba era comida nutritiva que satisficiera el gusto y
llenara el estomágo, sólo había dietas para ejecutivos y
estrellas de cine, cuyo propósito es comer sin alimentarse.
Desde el primer momento
rechazó la idea de formar largas filas en espera de los cupones
de alimentos. Simplemente hería su orgullo que él, forjador de
ciudadanos, debiera pedir limosna por lo que había poco a poco,
pero legítimamente, ganado diariamente muchos años atrás. Eso
de estar de pie frente al edificio de la seguridad social,
esperando el momento oportuno en que no hubiera gente, era una
gran fuente de tensión, sobre todo cuando se encontraba con
ex-alumnos; médicos, abogados, ingenieros y otros desatacados
profesionales, a los que había que saludar e intentar dar
excusas tontas no pedidas, sobre lo que estaba haciendo en ese
lugar.
Un suceso cambió su vida
y terminó con sus angustias. En uno de los bares cercanos a su
casa, en la ruta diaria al edificio de la seguridad social, supo
que el gran tumulto y bullicio, era un concurso sobre la
ingestión de comida. La prueba consistía en comer la máxima
cantidad en un tiempo dado, sobre los otros oponentes. Esto que
aparentemente era algo muy sencillo no lo era del todo, pues
sólo había dos tipos básicos de platillos: comida de perro,
muy variada, pero para perros al fin; y comida para gato, con
sabor a pescado, hígado de pollo, corazón de ternero y riñón
de cerdo.
En esta forma más de un
borrachín se aseguraba la comida de la semanas y unos buenos
pesos, si comía con poco asco y mucha gana. Las compañías
patrocinadoras tuvieron mucho beneficio pues la propaganda
cambió a: comida para sus animales queridos, tan delicada que
hasta los humanos la disfrutan.
La foto presentaba a los
participantes bañados y peinados, sonrientes y saludables,
borrando con el maquillaje la impresión de olor de la necesidad
y el sabor de la tristeza. Pensándolo un poco, la comida para
los animales también seguía las misma normas higiénicas y de
control de calidad que el alimento enlatado para humanos.
Además, era rica en minerales, y pletórica de vitaminas para
que la piel fuera lustrosa y los gruñidos claros y los maullidos
dulces, y que el aliento fuera perfumado y que no olieran a gato,
y que no oliera a perro y que las heces fueran aromatizadas y
otras babiecadas más.
Yo no sé si llamar a
esta situación vida de perros, pero teniendo en mente que el
perro ha sido desde siempre el mejor amigo del hombre, se
inclinó por este alimento. Y muy viejecito, después de algunos
lastimeros ladridos que nadie oyó, perdido en el bullicio de la
urbe, el maestro pensionado trató de levantar las orejas, hacer
movimientos que indicaría el agitar postrero de la cola para,
acto seguido estirar la pata.
---- FIN ----
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