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Calculo que podrán tener cerca de setenta y
cinco años bien cumplidos y a pesar de ello, todos los días
aguardan pacientemente la llegada del tren en la desvencijada
estación. La pareja tomada del brazo, sirve el uno como bastón
del otro y trastabillando, arrancando piedras calle abajo,
descienden desde una casuchilla a la par de la ermita, rumbo a la
estación.
Estas caminatas se
repiten por lo menos seis veces al día, conforme al itinerario
del tren. La algarabía de esa horas es grande: la gente va y
viene, las vendedoras de gallos ofrecen orgullosamente las
viandas de su cocina por todo lado, los alborotos recubiertos de
miel son deliciosos y los preferidos de los niños; aguadulce y
café, todo expuesto en forma agradable y diligente, en los pocos
minutos disponibles mientras parte el tren.
Los ojos ya escondidos
entre las arrugas de la cara, miran sin embargo con gran
expectativa, haciendo que a base de fe se vuelva a la realidad lo
imposible aunque sea por unos instantes. La distancia de la
ermita a la estación sería de unos trescientos metros, lo cual
facilitaba esos desplazamientos diarios ya que el oficio de los
viejos era cuidar de la pequeña iglesia y de su jardín.
¡Y cómo no iba a ser
ese un sitio inolvidable! De allí partieron todos sus hijos: el
mayor hacia los bananales de Palmar Sur; y la hija, en busca de
un buen empleo salió en dirección opuesta, hacia la capital.
Allí también se embarcó el hijo menor, demacrado y delirante,
rumbo al hospital.
Al peón bananero se lo
comió el clima y allá quedó abonando distantes tierras: de
parte de la hija, cada año regresaba con unos panzoncillos y
así por seis años consecutivos, hasta que no volvió jamás. El
menor regresó más delgado, frío, con la mirada perdida, dentro
de una caja de madera.
Resulta conmovedora la
interminable espera de los padres por sus hijos. Esa conducta no
tenía nada de anormal, si no fuera porque desde hace muchos
años, el tren dejó de circular por esa región montañosa. La
vía fue rectificada para entroncar con un ramal recientemente
construido, proveniente del nuevo puerto. Ya no se oye entonces
el bullicio de las tardes y de las mañanas al llegar el tren, el
silbato de la locomotora abandonó para siempre la escena
bucólica de ese pueblecillo rural.
Pero, el par de viejos,
sincronizados por el reloj de la esperanza, vuelven una y otra
vez cada día a la estación, en la inútil espera por el regreso
de sus hijos. Cada viaje es una muda procesión con rogativas en
que piden al tiempo que se los devuelva.
---- FIN ----
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