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"Allá en el monte había un ojito, se hacía
grandote y se hacía chiquito, porque el ojito era jugador".
De esta cancioncilla para niños existen muchas versiones, aunque
la tradición todavía no ha dado el reconocimiento sobre su
origen. Desde el tiempo de los chorotegas y mucho antes de la
llegada de los españoles a estas tierras indígenas, dos
ingenuos jovenzuelos, mientras cazaban, lo descubrieron. Era un
naciente límpido, un espejo en que mirarse; pero, curiosamente,
algunos lo veían oscuro: un charco cualquiera; los otros, de
conciencia oscura, nunca lograban verlo.
Además de esta propiedad
de transfiguración, y de estar en la cima del cerro, nunca se
secaba en el verano a pesar de que con la severidad de la
estación seca, los pozos de los bajos se secaran. En un tiempo
sirvió para comprobar la virginidad de aquellas indias que
debían participar en ritos sagrados y cuya pureza era
indispensable para no ofender a los dioses, ya que se oscurecía
ante la presencia de la mentira.
Los conquistadores,
ávidos de oro y requezas, no pudieron verlo y llamaron a los
indios mentirosos. Sin embargo de Nicoya y alrededores, eran
frecuentes las filas de indios que desde Matmbú, Curime y
Quirimán se encaminaban hasta el cerro del ojo de agua, que
clasificaba a las personas y dirimía en los juicios, porque
según la conciencia de cada uno, le veían desde claro y
límpido, oscuro o barrialoso o se le hacían invisible.
Como a pesar de la
bendición a distancia que hizo el cura, de puro miedo de que
vieran que el agua en su presencia podría enturbiarse; y los
indígenas más confiaban en el ojito que en la religión, se
aprovechó una gira evangelizadora que hizo el Sr. Obispo para,
invocando cánticos sagrados, silenciar la fuente. Agitado por la
ira porque tampoco pudo verlos, lo que consideró una burla para
un alto dignatario de la Iglesia o bien cosa demoníaca mandó a
clavar tres grandes cruces para quitar el sortilegio. Como los
indios seguían visitando al ojo de agua, el cura les llamó
herejes.
Las autoridades
militares, al ver que las romerías al cerro del ojo de agua
persistían, creyeron ver en esto un acto de rebeldía y llamaron
a los indios facinerosos.
Aunque, hoy se llame
Cerro de las Cruces, cuando le veo envuelto en las llamas frescas
del atardecer, haciendo contraste con el claroscuro del poniente,
pienso que es mejor que nadie conozca la verdad, porque de todas
maneras, a como están estos tiempos, cada vez menos lo pueden
ver, y nadie quiere que un ojito de agua le cante cuatro
verdades.
---- FIN ----
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