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Todo empezó como empiezan las cosas
sencillas; y en este caso, con una llegada tardía.
La ciudad había crecido
y alrededor del viejo cascarón central, lleno de casas de madera
con tachos herrumbrados, ya crecían pesados edificios con
apariencia de dinosaurios que acabaron dispersando a los
pobladores hacia la periferia.
Aire puro, verde prados
en las colinas del valle y una vida tranquila los fines de
semana, para reponerse de las tensiones de los días de trabajo.
Tal parece que en las
mañanas es harto difícil despertar, aunque el reloj biológico
ponga final al sueño y nuestro reloj humano tienda a dejarnos
entre el tibio ambiente de las cobijas, la oscuridad del cuarto y
el acogedor silencio del hogar. Luego todo se vuelve carreras
desesperadas: que el baño, la barba, el desayuno, la comida del
perro, asegurar la casa y a todo gas, salir con rumbo al monstruo
bullicioso de las mil cabezas.
No era aconsejable para
nadie llegar tarde, mucho menos para el jefe de personal, sobre
todo cuando la compañía insistía en que había que predicar
más con el ejemplo que con la palabra. Por otro lado, las
llegadas tardías y las ausencias inmotivadas estaban en el rango
de causales de despido, lo que se hacía sin muchas
contemplaciones en momentos de inflación y de depresión en las
ventas.
En las tardes no había
tal congestión de carros y el denso tránsito abandonaba la
ciudad con mayor concierto que como entró por la mañana.
El mayor problema era
cruzar la ciudad, y quedar atrapado entre un par de semáforos
detenidos en rojo por largo tiempo en medio de una fila compacta
en una cuadra, lo cual le provocaba gran angustia. El tiempo
pasaba y cada vez más carros se apiñaban, y había bocinazos y
gritos y choques y un desasosiego total capaz de pulverizar los
vervios del más templado. El reloj marcador de la empresa no
atendía razones.
Me pasará una vez, pero
ninguna más - se dijo.
Si el avance por el
centro de la ciudad era lento y con frecuencia imposible, una
buena estrategia era tomar por calles secundarias, donde el
tránsito era más fluido. Interesado en el asunto empezó a
razonar así: debe haber una sencilla relación entre el tiempo,
el espacio y la velocidad. En efecto, para una distancia dada el
aumento de velocidad reducía el tiempo, lo cual es obvio, pero
no se aplica siempre. Por tanto, optó por tomar rutas
periféricas y viajar a mayor velocidad. Pero el asunto, año con
año se volvía más complejo porque la ciudad crecía, y al
desplazarse hacia la periferia, volvía centrales a las calles
periféricas con tanto trajín de carros. Esto conllevaba el
problema de que si quería mantener un tiempo fijo de llegada al
trabajo, debía cada vez viajar a mayor velocidad.
Pasó una vez que,
explorando, se internó por caminos vecinales, pasando el límite
de la ciudad. Y vio salir el sol, a las mariposas abandonar los
charcos al paso del automóvil, a la lluvia pura y con una
realidad que mojaba, se sorprendió del despertar de las
montañas cuando se quitaban la cobija de nubes. Otro día se
entretuvo observando la preparación del terreno para la siembra
y sorprendido vio los caminitos verdes, recién peinados de los
cultivos. ¡Otra llegada tardía!
¿Y qué habría más
allá? Los caminos se poblaron de caballos y vacas, perros y
gallinas que corrían ahuyentados por el ruido del motor, que
cada vez se estrechaban conforme se hacían más barrialosos y
distantes.
Y resultó que ya nunca
más pudo llegar a tiempo por su tozudez en demostrar que: aunque
estuviera lejos, por más lejos que fuera, siempre podría llegar
temprano, aumentando la velocidad.
Y atravesó la campiña,
cruzó los montes y se internó en la selva. Se encontró con
tigres disecados y con osos de peluche de ojos vidriosos. Una
culebra de pelo permanecía amenazante y estática arrollada en
un árbol, había pájaros suspendidos en el aire, totalmente
quietos a pesar del vendaval. El viento fuerte se oía distante y
no lograba agitar la hojarasca. Se introdujo en un río caudaloso
con peces de colores y cocodrilos de cera con colmillos desnudos,
todo tan de cerca e irreal como si fuera un museo. Pasó luego
por el desierto, lleno de nada viviente y de esqueletos, con un
sol calcinante y un camino que no tenía fin.
Y ésta es la breve
historia de quien, por querer llegar temprano, no llegó jamás.
---- FIN ----
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