|
Podría pensarse que allí posiblemente la
tierra girara más lentamente. Sobre el campo yermo y el pueblo
inmóvil, se ha suspendido un cúmulo de nubes oscuras preñadas
de agua, pero que se resisten a caer. El aire estático espera
inútil el empuje del viento y parece aprisionar a los animales y
a las plantas con tenazas invisibles. El calor crece desde la
mañana a la tarde; retuerce las hojas resecas y el ruido de
chicharras da una sensación de movimiento. Los cuerpos se mueven
con lentitud y aunque uno pensaría que la sudoración fuera una
dinámica actividad, apenas si brota, al establecerse un precario
equilibrio entre la conservación del agua y la perdida al
ambiente.
Era un pueblo sin nombre
y sin destino en la vasta extensión del paisaje. Fuera de la
rutina diaria de levantarse, comer y medio trabajar, poco había
que hacer. Había uniformidad en la inacción y cargaban
indiferentes el estigma de desconocidos. Las pequeñas
diferencias entre los hombres no trascendían, eran apenas
simples tonalidades de un mismo color. Así, no habiendo
personajes destacados, era un pueblo sin historia, sin presente
ni futuro. A falta de que alguien individualmente le diera fama y
honores, nadie sabe como, pero lo cierto es que el pueblo se
decidió por una empresa común, tan grande como sus fuerzas y
mucho más. Si lo que querían era llamar la atención del mundo,
lanzar un desgarrador grito a los cuatro vientos de, ¡aquí
estamos, aquí somos!, nada mejor que erigir una gigantesca
campana, tan grande que cobijara a todo el pueblo, a todos por
igual. Si bien es cierto que cuesta mucho poner un cuerpo en
movimiento, es difícil también detenerlo, tal como lo encontró
Galileo y más tarde lo corroboró Newton; comprobado también
por los psicólogos en el plano individual y por los sociólogos
de masas.
Todo fue cuestión de que
los hombres sudaran, para despertar el torrente de agua
suspendida en las alturas. Al moverse los hombres se logró
independizarlos de la presión atmosférica que los tenía
contritos y sumisos contra el suelo. Sopló el viento, refrescó
el ambiente y llevó a lejanas tierras el mensaje de que algo
estaba ocurriendo.
Lo sorprendente de todo
aquellos era que a primera vista no había medios y poco tiempo
para el esfuerzo común de construir la gran campana, pero el
quehacer de los hombres mueve vientos, hace germinar las semillas
y logra la aparición matutina del sol.
Imagine usted el tañido
hermoso, un poco grave quizá - aunque no menos dulce - las ondas
gigantes que estremecían los montes y despertaban a los pueblos
distantes también narcotizados por la rutina. ¡Somos! ¡Aquí
estamos!
Las fuentes brotan de las
rocas; los eriales se han transformado en vergeles; canta el
viento y cae suave la lluvia. El sol brilla tibio y claro,
enmarcado en el sinfín azul. ¿Qué no puede el empuje del
hombre? La conquista de los mares, la invasión de la selva, la
búsqueda y solución de los misterios de la tierra, la
exploración del espacio, toda ha sido fruto del binomio
cerebro-hombre.
Fundida la campana, vino
otro problema, ¿que era una campana gigante a ras del suelo,
cuando todo el esfuerzo fue búsqueda de altura, que se elevara y
llevar a todo el orbe el orgulloso tañido?
El diseño de la gran
torre pudo haber sido burdo, pero remedaba un templete con su
fuertes columnas hacia lo alto, coronada por la cúpula-campana.
Se hicieron unos ensayos preliminares que atrajeron a todo el
pueblo. El primer grupo de diez, cinco hombres y cinco muhjere
con dificultad movieron el badajo; se le sumaron luego otros diez
y en grupos sucesivos fueron multiplicando su fuerza hasta que
miles de hombres dieron un tañido vigoroso que hizo temblar la
tierra. Esas manos, tomadas del badajo como náufrago en la
tempestad, como triunfadores con su trofeo, divulgaron la noticia
de su logro.
¿Que era ese ruido que
hacía caer la lluvia, que resquebrajaba montes y hacía en su
furia titilar las estrellas? Cuando todo el pueblo en un
éxtasis, ensordecidos como autómatas golpeaban con toda fuerza
la campana, se desprendió la cúpula y comprimiendo cuerpos en
su veloz caída, calmó sus vibraciones con sangre y carne
mortecina de todo un pueblo, retenido en sus entrañas.
Cuando ya los pueblos
vecinos organizaban expediciones para conocer el origen del ruido
infernal, en forma tan inesperada como comenzó, así
desapareció. Total que, en búsqueda de la inmortalidad, el
pueblo quedó enterrado en el anonimato para siempre.
---- FIN ----
|