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El niño crecía normalmente y el padre
amoroso gustaba de jugar con él. En medio de las risas de todos,
el niño era suspendido momentáneamente en el aire como imitando
una caída, ante lo cual el bebé abría desmesuradamente los
ojos y producía unos estertores como tratando de buscar
temporalmente apoyo en lo etéreo del vacío. Más tarde, la cosa
era con las cosquillas. Al chiquillo se le estimulaba la planta
de los pies y las axilas y en una manifestación de cariño
paternal, el tierno abdomen servía de órgano musical cuando el
padre soplaba fuertemente sobre él.
Conforme fue creciendo,
así fueron cambiando las caricias que se transformaron en
regalos. Primero fueron esas cajas sorpresa que al abrirse
dejaban salir un muñeco de cuello de resorte y cara de bobo,
ante lo cual el niño reía nerviosamente y e progenitor
estallaba en carcajadas. También las fiestas de din de año eran
esperadas con particular emoción por su papá, sobre todo por
las visitas a la casa de sustos, la mujer sin cuerpo y cuanta
cosa podría impresionar a niño. Según él decía, su mayor
satisfacción era divertir a su hijo.
Y así, el niño creció
entre las carcajadas de su padre, y continuó dando al niño
obsequios, que por ejemplo, producían una ligera descarga
eléctrica, muy pequeñita eso sí, pero que daba gran molestia,
al fin al cabo.
Cuando en el país se
introdujo la costumbre del "Halloween", al jovencito se
le preparaban sorpresas que resultaban espeluznantes para un
carácter frágil, y así continuó por bastantes años, en toda
ocasión propicia.
No hubo tiempo de dar
tratamiento psiquiátrico al padre y en cuanto al joven no ha
sido posible quitarle esas crisis nerviosas en que a menudo se
carcajea y grita: pam, pum, pa; pam, pum, pa. El error fue el
regalo de la pistola, y la curiosidad del joven que esperando la
sorpresa, apuntó a su padre y descargó al arma en medio del
pecho, en medio de la cabeza o entre los dos ojos, que para el
caso lo mismo da.
---- FIN ----
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