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Por los siglos de los siglos, hombres y
animales hacían el peregrinaje anual en busca del agua. Bajo la
cubierta estéril y rocosa, a muchos pies de profundidad se
hallaba un manto de agua que, en ciertos sitios favorables el
hombre había puesto a su servicio. Cada pozo era como un potente
imán, una lucecita que atraía a cuanto ser viviente se
encontrara bajo su influjo.
Los estudios han sido
concluyentes al explicar la debida disposición de los pozos, los
que sin orden ni concierto aparente, en realidad distaban diez
kilómetros aproximadamente uno de otro, y se orientaban desde
los montes hacia el Lago Dulce que ocupaba el fondo de la
depresión del valle.
Desde los tiempos
bíblicos, los pastores han reconocido la sabiduría de la
naturaleza porque conforme se acerca el invierno, los pozos se
van secando en las alturas y la nieve deja sin brizna de pasto a
cabras y ovejas. Es entonces cuando hombres y animales van
bajando hacia lugares menos fríos y con suficiente agua. Luego
del invierno, el agua de la nieve derretida vuelve a subir en
nivel en los depauperados pozos. En ese momento se inicia el
viaje en dirección inversa, del llano a las alturas, donde
abunda el agua y aparecen manchones verdes del pasto.
En armonía con la
naturaleza, cuando la sudoración concentra los humores de su
cuerpo, el hombre al igual que los animales, instintivamente
buscaba los pozos donde saciaría su sed.
Sucedió una vez que en
esta romería anual, un pastor desorientado mientras arreaba
monte abajo sus animales, no pasó por el pozo correspondiente
del rosario hídrico entre el lago y los montes.
Pasó de largo creyendo
que era un espejismo y apuró el paso cuando vio que la noche se
le echaba encima. Al día siguiente, y luego de mucho caminar,
las cabras y ovejas muertas fueron señalando la ruta equivocada
hasta que alcanzó desfalleciente el siguiente pozo, e introdujo
las manos en una agua que tenía la consistencia de la arena y
los animales se negaron a beber el agua sólida con sabor a
tierra.
Deshidratado y febril,
trató de reposar sus cerebro y pensar en la nieve del invierno,
en el frescor de las tarde otoñales, en el reanimante sabor del
agua. Volvió a reanudar la marcha; más abajo estarían otros
pozos y tal vez el lago.
De nuevo salió el sol y
las rocas empezaron a resquebrajarse al paso de cada nube. El
ardor del mediodía redujo su paso, pero no su sed ni sus ansias
de encontrar el agua. Cuando el final de ese día estaba cercano,
y el límpido azul tornose en caprichosos parches de colores,
pensó en otro espejismo. Los animales emprendieron veloz carrera
y allí quedaron en el verde oasis, en el agua vital, anclados y
saciando su sed.
Y desfalleciente, tendido
sobre la arena observó que los animales saltaba, sintió que a
él llegaban gotitas frescas, vio un sol moribundo reflejarse en
el agua y con la boca reseca y la mirada hundida, resoplando la
arena, sin siquiera voltearse, se dijo que un espejismo no le
engañaría por tercera vez.
---- FIN ----
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