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La ley de Murphy se verificó una vez más:
si algo puede ocurrir, tarde o temprano ocurrirá. A veces uno
está entre la espada y la pared peleando con un contrincante que
no se ve pero, golpea; no se le oye pero se siente. Tal vez eso
ocurrió.
Primero fue cruzar la
cuerda floja a relativamente poca altura del suelo; más tarde
montado en una bicicletilla, con el arreglo adecuado de los aros
y que vacilante recorría el hilo metálico de poste a poste. Lo
emocionante eran los esperados aplausos cuando se detenía en el
aire, balanceándose y sostenido por los aplausos. En cualquiera
de esas actividades, las posibilidades de un accidente eran
muchas. Podría fallar el hombre, pues al más leve parpadeo, un
músculo que no obedeciera al comando y sería hombre caído,
como ya le había ocurrido varias veces. Sin embargo, ¿que eran
unas costillas rotas, los brazos quebrados de vez en cuando y
accidentes menores, si con ello aseguraba su comida diaria?
También había que tomar
en cuenta a los elementos puramente físicos: la adecuada
tensión del cable metálico, una corriente de viento o el estado
mecánico de la bicicleta que día a día se le ponía a rodar a
mayor altura.
El problema fue que por
ser un país pequeño, pronto la gente conoció el acto y perdió
todo entusiasmo por la prueba. Algo mejoró la asistencia cuando
a alguien se le ocurrió apostar desde que altura ocurriría la
caída.
Es cierto que la vida es
un riesgo calculado, y es más, que en toda decisión conlleva un
cierto riesgo, pero en este caso la cuestión es de vida o de
muerte, o mejor, de vida o de hambre.
Pareciera que de una u
otra forma, las actividades que el hombre emprende es una
cuestión de estómago, a pesar de que algunos creamos que el
estómago no lo es todo. Bueno, es fácil pensar en otras cosas
cuando se mastica a dos carrillos y se tiene el estómago
satisfecho.
La otra gran molestia era
acarrear la bicicleta pues el aparato debe tener su arreglo
particular y los nuevos autobuses no permiten que se monte carga,
como antes cuando todos eran pobres, sino que se permite a lo
sumo algunas bolsas, siempre uy cuando no estorben a los
pasajeros. Al fin de cuentas la bicicleta dejó de ser molestia,
y quedó en prenda por dos días de alojamiento y comida que
pasó en una pensión.
¿Y ahora que? Para quien
nació con nervios de hierro, nada mejor que los explote y he
aquí que viéndolo bien, también podría hacer equilibrio con
sillas sobre una mesa, ya fuera sobre el suelo o a cierta altura.
Practicó unas pocas veces y vio que el acto funcionaba. Tomó en
cuenta toda posibilidad y practicó en la mañana, a mediodía,
en la tare y madrugada. Daba igual después de comer, en invierno
y en verano, con ropa y en calzoncillos, con viento y en días
calmos.
Seleccionó primero diez
metros como altura apropiada de la plataforma y gradualmente fue
agregando sillas para la prueba. Primero dos, luego fueron tres y
cuatro; después cinco y seis, hasta que llegó un punto en que
ya más bien demandaba gastos pues fácilmente no se conseguían
las sillas y se requería de un auxiliar que las subiera. Resulta
que un día, había subido tanto que quedó envuelto en una nube
y en un breve y decisivo instante, pensó que si bien ya no
podía subir más, también se podría llegar al cielo dejándose
caer.
---- FIN ----
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