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¡Ynadie les hizo caso! ¿Y por qué
habrían de poner atención a los informes de un Instituto que
nunca acertó ni una? Todos entendemos que los pronósticos
meteorológicos son bastantes difíciles de adelantar con éxito
total, pero el porcentaje de aciertos difícilmente alcanzaba el
10%.
A nadie se le olvida la
sequía pronosticada con muchos meses de anticipación y los
ingentes esfuerzos del gobierno preparándose para la tragedia. Y
sucedió que ese año llovió y llovió y en la niebla espesa
flotaban medusas, y los hongos se adherían a los zapatos y casi
a todos la lluvia les aguó el carácter. Por ratos caían
granizos, los corazones se apagaron y fue tan sólo la Gracia de
Dios, la que hizo reaparecer el sol.
Los días apacibles se
volvían agitados, violentos; aparecían tornados y el viento
tomaba fuerza transformando la brisa en vendavales.
Como todo en este mundo
tiene arreglo, la gente empezó a tomar la información
meteorológica totalmente invertida, y ahora el porcentaje da
aciertos populares fue alto y así, había que tomar paraguas los
días que se anunciaban como soleados y dejar la capa en casa
cuando se pronosticaba un temporal.
Aunque los funcionarios
explicaban que era la cambiante situación de los trópicos, que
la ciencia no tenía por qué ser exacta en un ciento por ciento
y que, las cosas se hacían lo mejor que se podía. La verdad es
que el gobierno tomó el asunto en sus manos cuando ya era
demasiado tarde pues en el estrato popular no había
inexactitudes, sino cuestión de sentido común: La experiencia
había enseñado a tomar los informes en forma contraria. Sin
embargo, nació un nuevo ente gubernamental: el Instituto de
Estudios de la Tierra y Afines.
La eterna lucha entre los
científicos y los fenómenos naturales continuó, para constante
desprestigio y desilusión de los hombres, de ahí que el moto
popular era que el Instituto propone, pero la naturaleza dispone.
Aparecieron nuevas
orientaciones en los campos de investigación. El país surcado
por una cordillera con penachos humeantes tuvo pronto
vulcanólogos, sismólogos y geofísicos. Curiosamente, la
revisión cronológica de la actividad sísmica daba datos
interesantes. Se observan períodos de actividad sísmica
seguidos de períodos de quietud hasta el siguiente período de
temblores. Pacientemente se tabuló la fecha de los diferentes
temblores, conocidos con los nombres de los lugares en donde
ocurrieron: Cartago, Fraijanes, Cartago otra vez, Tres Ríos, San
Ramón y Orotina, Nicoya, Sámara, Patillos, Bajos del Toro,
Tilarán, Pérez Zeledón y otros fenómenos telúricos, en
diferentes localidades. Se correlacionó la intensidad y la
magnitud con la duración del silencio sísmico y se obtuvo algo
muy interesante que se publicó in extenso en los anales del
Instituto bajo el nombre de "Evolución Temporal Constante
de la Intensidad Sísmica", y que mereció una nota breve en
revistas internacionales. Curiosamente, la relación entre la
intensidad sísmica y el período de inactividad geológica
reproducía siempre una constante, que en sencillo quería decir:
cuando tiembla seguido es de poca magnitud, o si se quiere: el
socollón es tanto mayor, cuanto mayor sea el tiempo después del
último temblor.
Conforme a la establecida
costumbre, el Instituto continuó informando equivocadamente
sobre las mareas, la velocidad del viento, la actividad
volcánica, los temblores, las lluvias y la sequía.
Y no era cuento que, a
pesar de todos los desaciertos, se habían esmerado en los
estudios. Ya contaban con registros de todo el país; montaron
estaciones portátiles, midieron el nivel de las aguas y la
temperatura en las perforaciones petroleras. También, con la
asesoría de chinos se trajeron cucarachas predictoras de tal
forma que su natural comportamiento veíase alterado y contaban
con bocas de dragones con esferas metálicas en el canal ahuecado
de la lengua, que a menor movimiento caían sobre unos tambores
metálicos produciendo gran estruendo y amplificación
sismométrica.
Lo afortunado fue que un
pequeño grupo de científicos logró determinar la frecuencia,
intensidad, magnitud y perfeccionaron los métodos de predicción
sísmica. La desgracia fue que nadie puso atención a los avisos
de una inminente revolución telúrica, que dejó para los
arqueólogos la tarea de contar el cuento.
---- FIN ----
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