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Verde y húmedo, el pasto del parquecillo
esquinero, perfumado apenas por el aroma de los macizos de flores
que eran agitadas por una suave brisa. Tibios rayos de sol
arrancaban destellos iridiscentes sobre las gotillas de agua
posadas sobre las hojas y las flores.
Perdidos en un arbusto,
podado con gusto por mano habilidosa, varios pajarillos,
acudiendo al llamado de las primeras lluvias, iniciaron con
trinos dulces el ritual del cortejo amoroso.
¡Linda tarde! - me dije
yo. Luego de los primeros aguaceros, la salida del sol y la
reanudación de las actividades cotidianas insufla de vida a la
urbe que se agiganta día a día, empequeñeciendo a sus
moradores.
De súbito, dos
chiquillos aparecen abrazados al doblar la esquina, en una forma
que se diría natural y llena de amor fraterno: se recostaron en
un pradillo inclinado cubierto de zacate, que separaba los
macizos floridos de la pajarera verde de los arlustillos, y que
hacia adelante moría en el concreto de la acera. El cuadro del
hermano mayor protegiendo al desvalido, es csi un estampa
bíblica y siempre que lo veo me refuerza el ideal perdido del
amor al prójimo y la protección al débil.
Veo que se ponen de pie
sin causa aparente y se miran, con malos ojos según deduzco por
sus gestos, talvez entrecruzan algunas palabras, pero no puedo
precisarlo debido a la distancia.
-Mira, le digo a mi
compañera: van a reanudar el camino.
-¿Y qué?- me responde
ella, ajena a mis pensamientos.
Se agita de pronto el
brazo del jovenzuelo más fornido y aprieta el cuello con
lentitud y placer hasta que hace mover al chico desmedrado y como
reacción telemétrica me hace saltar del asiento.
-¡Que juego más tonto,
coger del cuello a su compañero!
-¡Son cosas de niños,
ya pasará!
Sin embargo, la tenaza de
carne y hueso se cierra con ambas manos estableciéndose ahora
una fuerte lucha, acompañada de pataleos y gemidos.
-¡Que lo va a matar!-
grito yo desesperado.
Ella me calma y ríe:
-así son los niños.
Indiferente, trato de
volver la cara hacia otro lado y pierdo por instante mi vista en
una nubecilla algodonosa que el viento modela a su antojo.
Los gritos del chicuelo,
ya desgarradores, me hacen volver la cabeza a pesar de mi
voluntaria resistencia, hacia el parquecito florecido. No hay,
como era de esperar, el grupo de curiosos atentos a la desigual
pelea. Cada cual sigue su camino y más bien diría que el campo
de lucha queda desolado y libre de obstáculos: sólo destacan
los protagonistas.
Con un ligero quiebre de
cuerpo se le retuerce el cuello, el otro dobla las rodillas y cae
al suelo. Cuando yo creía que se acababa la lucha, el mayor,
embravecido, le golpea sin piedad.
-¡Por Dios, debemos
separarlos!
-¡Déjalos en paz, ya
pronto nos iremos!
-¡Es que no hay ojos que
vean y oídos que oigan!
Se oyen gritos
desgarradores y los fáciles golpes del oponente erguido llegan
ante un contendor agotado, el cual extiende vencido brazos y
piernas, quedando a merced de su atacante. Levanta ahora el
vencedor una piltrafa humana y de un certero movimiento, tíralo
exánime entre las flores.
Vibra la tierra con un
movimiento que recuerda el orgasmo que genera al hombre, se
siente una vibración como la contracción dolorosa de una matriz
al dar a luz, algo así como el estertor postrero del moribundo.
Píntanse celajes de llameantes colores; los transeúntes,
autómatas invidentes esclavos de la ciudad, caminan sin rumbo.
Arranca silencioso y se
pone en marcha el tren del no retorno que, plácido y veloz,
cruza el reino de los hombres y que nos lleva con rumbo al
olvido.
---- FIN ----
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