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La aparente alegría del circo más
bien me transmite una tristeza enorme. Los payasos hacen reír
con sus piruetas grotescas, pero al terminar la función, son
hombres acabados en que la sonrisa esboza apenas una mueca. Veo a
las fieras desnudas de su agresividad, tan sólo un remedo de la
bestia que debe luchar por su supervivencia en la selva
traicionera o en la sabana calcinada por el sol. Bajo la masa
muscular y el rostro frío del trapecista, un corazón late
acongojado del temor a la altura. Para reafirmar todavía la
imagen lúgubre de la mundana diversión circense, recuerdo el
caso del pobre diablo que comía vasos de vidrio y navajillas y
que murió como era de esperarse: de múltiples ulceraciones en
el tubo digestivo que le provocaron una fatal hemorragia. Ya
desde un tiempo atrás se le veía pálido y su cara tomaba un
tinte verdoso cuando a la hora de ejecutar su acto, el público
vigilaba atento a que se echara los pedazos a la boca y los
curiosos se acercaban para comprobar que en efecto se tragara el
vidrio. ¡No se puede engañar a quien paga su boleto! No había
truco: si lo hubiera habido, a estas horas no estaría muerto.
Siempre que el circo
llegaba a la ciudad, empezaba la desaparición de perros y gatos,
lo cual hacía que, desde el montaje dela carpa y mucho antes de
que la alegría prendiera en los niños, en muchos adultos ya
había un sentimiento de disconformidad. ¡Y con sobrada razón!
Había que alimentar a los grandes carnívoros: tigres, leones y
demás felinos, proceso que se hacía durante la noche. Por otra
parte, los elefantes recibían su diurno cargamento de pasto a
pleno sol, que las cosas honestas se hacen a la luz del día..
a los jóvenes les
llamaba la atención la pequeñez anatómica de la enana del
circo, sobre todo el contraste con su novio: el hombre fuerte.
Quien sabía como
Ferlini, el Gran Ferlini, el hombre fuerte, se enroló en el
circo. Lo cierto es que se llamaba José Rodríguez y lo único
que poseía era un mastodóntico cuerpo, que sostenía un cerebro
pequeño y un alma vacía. Aprendió fácilmente el acto de las
pirámides humanas, aquélla en la que su acción era sostener
una masa vibrante de carne humana y, en general, participaba en
los actos de fuerza bruta. Al llegar a los cuarenta años y luego
de viajar por América visitando ciudades menores y puebluchos
llegó convertido en el hombre fuerte. Tal parece que debido a la
natural pérdida de reflejos, en forma involuntaria, trastabilló
e hizo caer a un equilibrista, el mismo que ahora vende entradas
en la casetilla, sentado en una silla de ruedas. Ya que los
músculos del cuerpo perdían fuerza y las articulaciones de las
piernas se volvieron inseguras, pues nada mejor que fuera la caja
torácica quien soportaba ahora el peso del trabajo. El dueño
del circo sabría de anatomía casi nada; pero si vio, en un
abrir y cerrar de ojos, la manera fácil de sacarle provecho a
esa mole de carne y hueso.
Todo fue cuestión de
empezar. Probó con tres, luego cinco hombres hasta llegar a
diez, que apretujaban sobre una plataforma de madera sobre el
tórax del gran Ferlini que, acostado inflaba sus pulmones con
todas sus fuerzas y tensaba sus músculos para soportar el gran
peso. Trató luego que un camión vacío le pasara por encima y
más tarde con una voluminosa carga; pero, la verdad sea dicha,
la gente que en un principio le aplaudió, ya estaba aburrida de
tales manifestaciones de fuerza. La pasión de José Rodríguez
era su cuerpo, el cual exhibía orgulloso encerrado en unos
cortos pantaloncillos y una delgada camiseta, lo que visualmente
aumentaba su ciclópea estructura muscular.
¡Y qué más podía
hacer una persona de cabeza pequeña, escaso pelo y muy poco
seso! Confesó una vez lo mucho que sufría por la falta de
aplausos y el temor, ese miedo inconmensurable de que en la fase
emocionante de la prueba, se oyera que se quebrantaban las
costillas y que los músculos cedieran ante e peso de la prueba.
Y todavía otro temor: los años no pasan en vano y en poco
tiempo sería una osamenta grande envuelta en un pellejo fino, el
hombre feo del circo, el terror de los niños. Sin embargo, en
las veladas infantiles siempre se lucía y dejaba boquiabiertos a
los miembros de la tropa infantil que, con asombro, veían como
soportaba el peso de diez, veinte, luego treinta y más niños,
encima de la plataforma colocada sobre su pecho. Con los niños
también se podía utilizar con disimulo el apoyo de sus codos,
que a manera de soportes auxiliares, daban alivio al oprimido
pecho.. sucedió una sola vez que en el punto culminante de la
prueba y cuando el máximo de niños empezaron a moverse
rítmicamente y continuaron haciéndolo hasta que cesó la
melodía.
Luego vendría la parte
vivificante del acto, en que el hombre fuerte se ponía de pie y
saludando a la multitud con leves inclinaciones hacia adelante,
recogía con los brazos los aplausos de los niños. Pero esta
vez, el hombre no se levantó. Nadie escuchó ni un gemido,
tampoco se oyó el tan temido crac, que quedaría oculto en la
algarabía de los niños y en el trasfondo de la música. El
hombre fue rápidamente removido del lugar y la escena siguiente
de los payasos, iluminó de nuevo el rostro de los niños.
---- FIN ----
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