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Del vientre fértil de Lirio Rosales,
fecundado por el abundante semen de Jacinto Flores, brotaban a
montones niños sonrosados. Pero, cosa curiosa, apenas recién
nacidos, en vez de continuar el proceso normal de crecimiento,
empezaban a perder peso, se deformaban y acababan transformados
en seres increíbles.
Tal vez por no tener nada
que hacer, el más destacado vagabundo del pueblo se dedicó a
observarlos con cierta curiosidad científica. A buen temprano,
hiciera sol, lloviera o bajo una rayería o ventolera, Chus
Alvarado salía de su casucha acompañado de Canelo, perro flaco
y de muchas pulgas. Cruzaba la quebradilla por el umbroso paraje
en que se habían enraizado una docena de gigantescos espaveles;
pasaba entre un par de barrigonas ceibas, luego continuaba
derecho hasta llegar a un ojoche y, finalmente, bordeando una
pequeña ciénaga que se convertía en un maniadero en el
invierno, buscaba acomodo entre un promontorio de rocas que
había resquebrajado un añoso cenízaro.
Había muñinguitos de
todas formas, colores y tamaños. Algunos de ellos formaban esa
babilla verdosa alrededor de la laguneta en el invierno; otros,
con el calor del sol se convertían en excrecencias sólidas que
eran el origen de rocas negras y piedras blancas. Pudo comprobar
también que, esos bichejos negros, los que al caer la noche
iniciaban un aleteo frenético, salían del rancho al
atardecer.... no eran más que muñinguitos transformados. Por
recuento del número de salidas diarias de los muñinguitos y
mediante observación del tipo de actividades, confirmó que eran
los causantes de las enfermedades que periódicamente atacaban al
ganado. Chus afirmaba que la plaga de langostas provenía
también del rancho de los muñinguitos, sobre todo aquellos que
huían al ruido de las latas, ya que igualmente había que
gritarles para espantarlos, cuando al pasar por la callecilla
cerca de la quebrada, ellos lograban verlo a uno con sus ojos
saltones, y a emitir extraños ruidos con su boca desdentada., y
a colgarse de las personas con sus manos frías y viscosas, y a
pedir pan y pedir ropa y a gemir; a llorar sin saber uno por
qué, y a contornear sus cuerpos esqueléticos desnudos. Sólo a
gritos, lanzándoles piedras y a pasa rápido, podía uno ponerse
a salvo.
Las observaciones
progresaban, pero curiosamente, permanecía elusiva la forma en
que ocurría la transformación, ya que no se pudo descifrar el
misterio, al conocerse sólo los dos extremos del fenómeno: por
un lado, desmedrados y deformes, los munñinguitos; por otro, los
murciélagos, las pestes, las langostas y el mal olor de la
ciénaga. Tan sólo faltaba atar cabos y descubrir los procesos
intermedios de transformación, que por cierto quedaron
inconclusos.
Cuando de Chus Alvarado
sólo apareció el esqueleto, mondo y lirondo y del perrillo, la
calavera - a juicio de la gente --, fue una comprobación post
morten de sus observaciones: había muñinguitos pirañitos, y lo
peor de todo es que nadie le había dado mucho crédito hasta
aquel momento. La gente empezó entonces a sopesar las locuras de
Chus y a pensar que, en efecto, esos bichos feos podrían ser los
causantes de las gusaneras del ganado, de la sequía y de las
malas cosechas, del mal de ojo y del pujo de las gallinas. Y como
prueba de que esos muñinguitos eran cosa mala, hasta resultaron
resistentes al fuego, pues quemado el rancho con el matrimonio y
toda la prole adentro, persistieron las enfermedades y las
plagas, y el sol quemantte del verano y las inundaciones del
invierno y la babilla verdusca de la ciénaga.
---- FIN ----
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